Por Juan Sabino Cruz
Tepeapulco, Hgo- – En 1545 se construyó la Caja de Agua de Tepeapulco, una de las primeras obras hidráulicas de América. Su inscripción dice que allí se repartieron «las tres aguas» para el pueblo. Pero los antiguos la llamaban de otra forma: «La Diosa del Agua». Junto a ella, nacieron los lavaderos públicos.
De día eran el punto de reunión de las mujeres del Altiplano. De noche, decían las abuelas, no había que asomarse. Cuenta la leyenda que pasada la medianoche, cuando la luna llena pegaba sobre la cantera, aparecía La Lavandera. Era una mujer alta, delgada, vestida de negro, con un pañuelo en la cabeza. Inclinada sobre la piedra, tallaba sin descanso una sábana blanca que nunca quedaba limpia.
El agua entre sus manos se volvía roja. Si alguien pasaba por el camino real, la escuchaba primero: plas, plas, plas… el golpe de la ropa mojada contra la piedra. -Ayúdame a escurrirla, que yo sola no puedo -pedía sin voltear.
Los viejos advierten: si le ayudas mal, te tuerce el brazo. Si te niegas, te jala al lavadero. Y lo peor: la sábana que lava lleva el nombre de alguien que va a morir pronto.
Algunos dicen que es la Llorona, que vino a lavar los pañales de sus hijos. Otros, que es el ánima de una lavandera que murió de frío y cansancio en ese mismo lugar.
Hoy los lavaderos de la Caja de Agua siguen ahí, frente al Ex Convento de San Francisco. De día son historia. De noche, los vecinos juran que, si te acercas en silencio, todavía se escucha el plas, plas, plas en la piedra.
¿Te atreverías a pasar después de las doce?
Texto: El Reportero / Periodismo sin Censura
Leyenda de tradición oral del Altiplano de Hidalgo, recopilada en Tepeapulco.
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