Por Juan Sabino Cruz
Pachuca, Hgo. – Hay edificios que simplemente forman parte del paisaje urbano y otros que parecen guardar, entre sus viejos muros, la memoria de varias generaciones. Tal es el caso de la Escuela Primaria Justo Sierra, ubicada en la esquina de las calles Vicente Guerrero y Julián Villagrán, en pleno centro de Pachuca.
Mucho antes de convertirse en escuela, el inmueble tuvo una historia ligada a la riqueza minera de la ciudad. Conocido como “Las Cajas Grandes”, fue construido por la compañía inglesa que explotaba las minas de Pachuca y Real del Monte, durante la tercera década del siglo XIX, para resguardar los recursos provenientes de la actividad minera.
Su peculiar arquitectura, con muros de ladrillo rojo, torreones y almenas, le dio apariencia de fortaleza. Fuentes históricas señalan que posteriormente tuvo diversos usos, entre ellos cuartel de los Rurales, Escuela de Artes y Oficios y sede de la Escuela Industrial Melchor Ocampo, inaugurada en 1923.
Finalmente, en 1929, el inmueble se convirtió en la Escuela Primaria Justo Sierra, aunque durante el periodo cardenista, en 1936, llegó a funcionar como Centro de Educación Socialista; en 1941 recuperó su función escolar tradicional.
Pero la historia oficial es apenas una parte de la memoria de este lugar.
Para quienes fueron niños en los años sesenta y setenta, la Justo Sierra también significa recreos, maestros, travesuras y aquella antigua cooperativa ubicada casi al pasar el zaguán. Allí, muchos estudiantes acudían con su moneda de un peso —con la imagen de José María Morelos— para comprar alguna golosina. Otros llevaban el billete de un peso, al que popularmente algunos llamaban “el chinicuil”, por su peculiar color.
Entre los recuerdos de aquella época aparece con especial cariño la profesora Emma, a quien sus alumnos de segundo grado llamaban afectuosamente “Emita”, una de esas maestras que dejaron huella y que todavía viven en la memoria de quienes tuvieron la fortuna de sentarse frente a ella.
Y, por supuesto, están las leyendas.
Durante generaciones corrió entre los alumnos la versión de que en alguna parte del antiguo inmueble existía un calabozo, donde eran castigados los niños más traviesos. Pero la advertencia verdaderamente efectiva era otra: se decía que en aquellos viejos espacios aparecía “La Mano Peluda”.
¿Realidad, imaginación infantil o una leyenda nacida entre los muros de un edificio con pasado militar? No existe evidencia histórica que permita confirmar semejante aparición. Lo que sí existe es el recuerdo colectivo de varias generaciones que crecieron escuchando la historia y que, quizá por si acaso, preferían portarse bien.
La memoria también alcanza a la cercana Escuela Julián Villagrán, ubicada a escasos metros, institución que en aquellos años era considerada por algunos como un colegio para familias de mayores recursos y cuya entrada daba hacia la calle Ignacio Allende.
Hoy, la Justo Sierra sigue siendo mucho más que una escuela. Es un testigo de la transformación de Pachuca: pasó de custodiar la riqueza minera a alojar instituciones educativas y, finalmente, a formar generaciones de niños de barrios como El Topacio, La Granada y El Arbolito, Santiago y muchos otros.
Sus muros han visto pasar mineros, soldados, maestros, comerciantes y miles de estudiantes. Y quizá por eso, cuando un antiguo alumno vuelve a mirar sus almenas, no solamente observa un edificio histórico: ve regresar su propia infancia.
Porque la historia de la Justo Sierra no está solamente en los libros; también vive en la memoria de quienes alguna vez cruzaron su zaguán, gastaron un peso en la cooperativa y escucharon, con miedo y fascinación, que por ahí andaba la Mano Peluda.

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