Por Juan Sabino Cruz
Sinaloa.— El regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa resultó ser prácticamente un suspiro. Después de permanecer 112 días separado temporalmente del cargo, el mandatario volvió a sus funciones el viernes 21 de agosto, pero menos de 24 horas después solicitó nuevamente licencia, ahora por tiempo indefinido.
El episodio no puede pasar inadvertido. Rocha Moya regresó a la gubernatura en medio de un escenario político particularmente complicado para Sinaloa, marcado por una severa crisis de seguridad y fuertes cuestionamientos a su administración. Y cuando apenas comenzaba su retorno, nuevamente puso sobre la mesa su separación del cargo.
En un documento fechado este 22 de agosto, el gobernador se dirigió al Congreso del Estado para solicitar licencia por tiempo indefinido. Posteriormente, mediante sus redes sociales, confirmó públicamente su decisión.
La pregunta resulta inevitable: ¿qué llevó al gobernador a regresar al cargo para abandonarlo nuevamente prácticamente de inmediato?
Políticamente, el episodio deja una imagen incómoda. Un gobernador que vuelve después de más de tres meses de ausencia y, cuando apenas retoma las riendas del estado, vuelve a pedir licencia, transmite cuando menos la percepción de que la situación política que enfrenta Sinaloa está lejos de encontrar una salida.
No se trata únicamente de una licencia más. El fondo del asunto es la gobernabilidad de una entidad que atraviesa momentos especialmente delicados y que requiere certeza, conducción política y respuestas contundentes.
Rocha Moya tiene derecho a solicitar licencia conforme al procedimiento establecido; corresponderá al Congreso sinaloense determinar lo conducente. Sin embargo, la rapidez del nuevo movimiento inevitablemente abre interrogantes sobre el futuro político y administrativo de Sinaloa.
El dato es contundente: regresó el viernes y el sábado volvió a pedir licencia. En política, los tiempos también comunican. Y esta vez, el mensaje resulta difícil de ignorar.
