Recuerdo cuando hace años acudí por primera vez a una corrida de toros junto con mi padre, aficionado a la fiesta brava. En ese entonces, con unos ocho años, tenía poca conciencia sobre el acto y no me impactó; incluso volví en un par de ocasiones más, hasta asistir a la Plaza de Toros México, la más grande del mundo.
Con el paso del tiempo desarrollé un rechazo hacia estas prácticas. Cada vez empatizaba más con el animal.
Dos décadas después regresé a una corrida. Lo hice más para darle gusto a mi padre que por querer estar ahí, aunque con mayor conciencia sobre lo que iba a ver.
Al llegar afuera del recinto observé a mucha gente bien vestida: botas y sombreros vaqueros, algunos con sacos elegantes y hebillas brillantes. Las mujeres, bien arregladas y maquilladas para la ocasión. Algunos bebían vino desde su bota y otros fumaban puro. Era un evento de opulencia y, quizá, de apariencia.
Dentro de la plaza la gente chifla, grita y ofende a todos: al toro, al torero, a la banda, al picador e incluso a otros aficionados. La supuesta finura queda de lado.
Salen los matadores y la gente les aplaude desde el inicio. Aparece el primer toro y el público decide después si merece palmas o rechiflas. Al animal se le exige bravura desde que entra al ruedo, sin importar lo que haya vivido o lo que sienta; su tarea es complacer a la gente, al torero y al juez de plaza.
Presenciar el martirio del animal me resultó profundamente incómodo. Desde que entra se ve confundido por los ruidos y los instrumentos de viento, para luego ser picado con una punta metálica, herido con banderillas y finalmente muerto por una espada que atraviesa su cuerpo. Sus restos son retirados a rastras; la gente puede abuchearlo o aplaudirlo, pero siempre ovaciona al torero.
El tercer toro fue el que más me impactó. Desde la primera estocada no dejó de mugir hasta el final. Tal vez fue el miedo, el dolor, el hambre o la sed lo que hacía que el animal se quejara en vano, como si ya no quisiera seguir. El público solo pedía que se comportara con furia, algo que el toro quizá no estaba dispuesto a dar y que la multitud nunca entendió, para finalmente darle muerte. Al final fue sacado entre abucheos que ni vivo hubiera entendido, y me pregunté: ¿por qué hay gente que disfruta este evento?
Aunque no pretendo generalizar, muchos de los que más disfrutan este espectáculo pertenecen a la clase alta: políticos, empresarios, figuras públicas y deportistas. Tal vez porque en la cultura del que está arriba existe la idea de oprimir al de abajo, como el torero al toro: aprovechan sus ventajas, tienen apoyo de las masas y la autoridad de su lado, mientras el oprimido a veces ni siquiera sabe quién le da las estocadas ni por qué.
Varias veces se ha intentado prohibir este evento y pocos estados del país han vetado las corridas. Mientras esto no cambie, el toro debería tener más respeto, no solo por su vida, sino por lo que podría representar: el símbolo de la resiliencia de la clase oprimida.

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