Metal Político
Por Antares Cervantes
La eventual muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, abriría un escenario complejo para México. Como líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), encabezó una estructura con presencia en buena parte del territorio nacional y redes internacionales de tráfico de drogas, armas y lavado de dinero. La pregunta no es menor: ¿su caída representaría un golpe estructural al narcotráfico o apenas un relevo en la cadena de mando?
La experiencia reciente ofrece pistas. Tras la captura o abatimiento de líderes como Arturo Beltrán Leyva o Ignacio “Nacho” Coronel, los cárteles no desaparecieron; se fragmentaron. Esa fragmentación suele traducirse en disputas internas por el control de rutas y territorios. Las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística y Geografía muestran que, en la última década, los picos de homicidio han coincidido con reacomodos criminales. Es decir, la caída de un jefe no garantiza menor violencia inmediata; a veces la incrementa.
El CJNG se caracterizó por una estructura vertical, disciplina interna y fuerte capacidad armada. Sin embargo, también desarrolló mandos regionales con autonomía operativa. Si el liderazgo central desaparece, es previsible una disputa sucesoria. Ello podría generar represalias contra fuerzas de seguridad o ataques entre facciones rivales, particularmente en estados donde el grupo mantiene control estratégico.
¿Podría tratarse de una “obra de teatro”? La hipótesis surge cada vez que un capo cae, alimentada por antecedentes de fugas o reapariciones. No obstante, sostener esa narrativa sin pruebas debilita el debate público. Lo verificable es que la política de “descabezamiento” ha sido una constante en la estrategia de seguridad mexicana desde 2006, con resultados mixtos, detenciones relevantes, pero persistencia del mercado ilegal y diversificación del crimen hacia extorsión y control territorial.
Si la muerte fuera confirmada con evidencia forense sólida y transparencia institucional, sería un golpe simbólico y operativo. Simbólico, porque demostraría capacidad del Estado para alcanzar a uno de los criminales más buscados. Operativo, porque alteraría cadenas de mando y flujos financieros. Pero el impacto real dependerá de lo que siga, fortalecimiento de policías locales, inteligencia financiera, coordinación interestatal y políticas de prevención.
El narcotráfico no es solo cuestión de nombres propios; es una economía ilegal que se adapta. La caída de un líder puede marcar un momento histórico, pero no sustituye una estrategia integral. México enfrenta, una vez más, la disyuntiva entre celebrar un golpe mediático o consolidar cambios estructurales que reduzcan la violencia de manera sostenida.
